El tiempo en la técnica no pasa: se compila.
Entre mates fríos y pantallas parpadeando, aprendimos que la vida también da errores de sintaxis, y que hay cosas que no se arreglan con un simple debug.
Zarra, con su voz medio gastada y esa mezcla rara de enojo y ternura, camina entre los bancos, mira nuestras pantallas y sentencia:
—Sos vagooo.
Y lo dice riendo, pero se le nota el cariño escondido entre las líneas.
Cuando algo sale mal, cuando el código no corre y la paciencia se rompe, tira su clásico —Te quere’ mata— y todos nos reímos, sabiendo que en el fondo es su forma de decir “sé que podés hacerlo mejor”.
A veces, cuando el cansancio pesa más que los proyectos, lanza al aire un —Dale like y suscribite— como si la vida fuera un video que aún podemos editar.
Y entre chistes y advertencias, sin darnos cuenta, Zarra nos enseñó más que programación: nos enseñó a no rendirnos ni cuando la pantalla se queda en negro.
Ahora el taller huele a despedida.
Los monitores reflejan nuestras caras cansadas y felices, y el timbre suena distinto, como si cerrara una función que nunca queríamos terminar.
Guardamos los archivos, desconectamos los cables,
pero hay algo que sigue corriendo en segundo plano: los recuerdos, las risas, las horas compartidas.
Quizás la locura de este lugar sea justamente eso:
seguir queriendo programar el tiempo,
aunque sepamos que no tiene “guardar como”.
Y mientras Zarra apaga las luces del aula por última vez,
entiendo que su voz, con todas sus bromas y regaños,
va a quedar grabada en nuestra memoria
como la última línea de un código que, por fin,
compiló sin errores.
Entre mates fríos y pantallas parpadeando, aprendimos que la vida también da errores de sintaxis, y que hay cosas que no se arreglan con un simple debug.
Zarra, con su voz medio gastada y esa mezcla rara de enojo y ternura, camina entre los bancos, mira nuestras pantallas y sentencia:
—Sos vagooo.
Y lo dice riendo, pero se le nota el cariño escondido entre las líneas.
Cuando algo sale mal, cuando el código no corre y la paciencia se rompe, tira su clásico —Te quere’ mata— y todos nos reímos, sabiendo que en el fondo es su forma de decir “sé que podés hacerlo mejor”.
A veces, cuando el cansancio pesa más que los proyectos, lanza al aire un —Dale like y suscribite— como si la vida fuera un video que aún podemos editar.
Y entre chistes y advertencias, sin darnos cuenta, Zarra nos enseñó más que programación: nos enseñó a no rendirnos ni cuando la pantalla se queda en negro.
Ahora el taller huele a despedida.
Los monitores reflejan nuestras caras cansadas y felices, y el timbre suena distinto, como si cerrara una función que nunca queríamos terminar.
Guardamos los archivos, desconectamos los cables,
pero hay algo que sigue corriendo en segundo plano: los recuerdos, las risas, las horas compartidas.
Quizás la locura de este lugar sea justamente eso:
seguir queriendo programar el tiempo,
aunque sepamos que no tiene “guardar como”.
Y mientras Zarra apaga las luces del aula por última vez,
entiendo que su voz, con todas sus bromas y regaños,
va a quedar grabada en nuestra memoria
como la última línea de un código que, por fin,
compiló sin errores.
HOY EXISTO
Zarra y el bucle del adiós
esto es para probar la web de Zarraaa
08/11/2025